Su
idealismo, su sencillez, su armonía con toda la creación,
hablan
de una paz interior que el hombre moderno daría
mucho
por tener.
CORRE
el año 1207. En la villa de Asís, asentada entre colinas a unos i60
kilómetros al norte de Roma, el rico pañero Pedro Bernardone ha entablado
juicio por desfalco contra su hijo Juan, de 25 años, apodado Francisco. El
joven, delgado y de aspecto insignificante, reconoce haber vendido algunas
mercaderías de su padre para financiar la reparación de una iglesita. Pero
declara que en el templo no han aceptado el dinero, el cual reintegra en ese
momento. También desea devolver a su padre la ropa que éste le ha dado. Y al
decirlo, el joven Francisco se desnuda del todo. El querellante Bernardone ha
ganado el pleito, pero ha perdido a su hijo. Francisco declara : “De ahora en
adelante serviré a un solo padre : Dios”.
Así
se echa a cuestas su ministerio Francisco de Asís, uno de los santos más
venerados de Occidente. Su recuerdo es caro a toda la cristiandad. Ciudades,
calles, ríos e incontables iglesias llevan su nombre. Su corazón sigue latiendo
en la gran Orden Franciscana, la más numerosa de la Iglesia Católica , en las
“Clarisas Pobres”, una de las más austeras órdenes de monjas, y en los
Terciarios, más de un millón de hombres y mujeres, casados y solteros, que
acatan los ideales franciscanos aunque viven en el mundo.
Pero
hubo otros aspectos del santo. Por su desdén de los bienes terrenales, su
rechazo por los convencionalismos, el desaliño de su persona y su insaciable
afán de viajar, puede considerársele un antecesor de los hippies de hoy. Su Cántico
del hermano Sol lo coloca entre los más grandes poetas líricos. Por último,
su amor a la naturaleza y su armoniosa visión del medio hacen de Francisco de
Asís el santo de nuestra época.
Una fuerza desconocida. Al recordar la
época de Francisco anterior al día del juicio en el tribunal, encontramos una
niñez normal. Su madre, Pica, quizá fuese francesa. Juan nació durante uno de
los frecuentes viajes de negocios que hacía su padre a Francia, y es probable
que su apodo, Francesco (“el francés”) le fuese dado en honor de aquella nación
cuando regresó el mercader a Italia.
De
adolescente, Francisco fue un joven sibarita y manirroto, que de su bolsa bien
provista pagaba las cuentas de toda una cohorte de aduladores. Cuando estalló
una guerra entre Asís y su vecina Perusa, se unió a la milicia, luchó y cayó
prisionero. Durante un año encadenado en una mazmorra. Poco después de su
liberación enfermó gravemente. Luego, durante una temporada, pareció no saber a
qué dedicarse. Por entonces compró los atavíos de caballero y se dirigía al sur
de Italia a tomar parte de otra guerra, cuando una voz le ordenó volver a casa.
El joven obedeció.
Poco
después, mientras cabalgaba sin rumbo fijo por las afueras de Asís, se le
acercó un leproso. Francisco, como confesaría posteriormente, sentía una
profunda repugnancia por estos enfermos. Pero una fuerza desconocida le hizo avanzar
hacia aquel hombre y besarlo. Tal encuentro le trasfiguró. Durante esa crisis
espiritual entró un día en la semiderruída iglesia de San Damián. Aún se
conserva el crucifijo cuya voz oyó durante sus fervientes plegarias.
“Francisco”, le dijo, “repara mi iglesia, que, como ves, se hunde”. En
acatamiento de esa orden, el joven dispuso del dinero de su padre… para
terminar desheredado y desnudo.
Banda de descalzos. Después del juicio
alguien dio a Francisco una pobrísima túnica de obrero. Él le pintó con tiza,
claramente, una cruz, y se alejó por bosques y llanuras, cantando alabanzas a
Dios con plena confianza en su recién descubierta fe.
“¡Repara mi iglesia!” le había dicho la voz, y él cumplió la orden al
pie de la letra. consiguió piedras y argamasa, y mendigó por las calles de la
villa de Asís para poder terminar la obra. Quienes visitan la ciudad aún pueden
ver las piedras que colocó el santo.
Un
día Francisco oyó a un sacerdote leer la exhortación de Jesús a sus discípulos.
(San Mateo X: 7-10): “Id y predicad, diciendo que se acerca el reino de los
cielos… No llevéis oro, ni plata, ni dinero alguno en vuestros bolsillos… Ni
más de una túnica ni calzado…” Francisco escuchaba, arrobado ¡Esa sería su
vida! En adelante sólo llevaba puesto el más mísero sayal. Y predicó descalzo,
por todas partes, la Palabra.
Posteriormente se le unieron otros, atraídos por su personalidad y su
modo de vida. Los nombres de algunos han llegado hasta nosotros : Bernardo, el
amante de la soledad; Junípero, el paciente; Pacífico, el trovador; León, el
sacerdote. como Francisco, se dedicaron a recorrer la comarca, ayudando a los
campesinos durante la cosecha, trabajando ocasionalmente en su antiguo oficio,
mendigando cuando tenían hambre, durmiendo bajo los árboles. Predicaban,
cuidaban de los enfermos, lavaban a los leprosos. Adoraban a Dios.
En
1209, cuando su grupito era de 12, Francisco fue a ver al Papa para obtener el
reconocimiento oficial de su hermandad. Llevó consigo la Regla o constitución
redactada por él mismo, donde se hacía hincapié en la sencillez de que habla el
Evangelio. Aunque su mísera apariencia y su desdén del protocolo (se dice que
fue directamente al aposento del papa) irritaron a algunos en Roma, el papa
Inocencio III, hombre de gran humildad y sabiduría, aprobó la Regla ; y así se fundó la Orden Franciscana. Sus fieles
no serían monjes, atados a la vida del convento, sino frailes, libres para
deambular por todas partes y predicar.
Un Cristo del pueblo. Tal decisión
resultó providencial. El clero de Europa pasaba por malos tiempos; muchos
sacerdotes eran ignorantes, corrompidos e indiferentes a los males de su grey.
Sin atender a sus necesidades espirituales, se limitaron a recitar los latines
de la liturgia. Al reconocer oficialmente la hermandad franciscana, Roma ganó
una nueva milicia capaz de llegar a las inquietas masas de Europa predicándoles
en sus propias lenguas.
Como
Francisco llegó a ser en vida una celebridad nacional, es uno de los personajes
de la edad media de quienes más sabemos. De baja estatura, tenía un rostro
alargado y pálido, con cejas negras y rectas sobre unos ojos en que brillaba el
ingenio. A veces llevaba una barba rala.
Cuando su fama cundió por todo el país, al acercarse Francisco a un
poblado se echaban las campanas al vuelo y la gente salía a las calles gritando
Il Poverello (“¡El pobrecito!” Algunas veces le llevaban enfermos, y se habló
de que realizaba curas milagrosas.
Sólo
se han conservado fragmentos de sus sermones; pero, a juzgar por las reacciones
de las multitudes, podemos colegir que fue uno de los grandes oradores de su
tiempo. Entre sus temas favoritos estaba la humanidad de Cristo. Francisco
remplazó la imagen de un soberano indiferente y remoto, con cetro y corona, por
un Cristo del pueblo, de carne y hueso; un Cristo nacido en un establo,
abandonado en el desierto, desnudo en la Cruz , doliente, con frecuencia desamparado, y por
ello mismo más adorable. Esta humanidad descubierta de nuevo volvió a unir a
los cristianos con Cristo, revolucionó el arte religioso y aún ejerce poderosa
influencia en nuestras devociones.
El
santo tenía muchas pugnas con el “Hermano Burro”, como llamaba a su propio
cuerpo. “Este terco borriquillo necesita la vara”, decía, y sometía a
penitencias su frágil organismo. La castidad, que él mismo se había impuesto, a
menudo le resultaba difícil, por lo cual combatía las tentaciones de la carne
con la mortificación, revolcándose desnudo en la nieve, por ejemplo. “Créeme,
comentó Francisco una vez con un fraile, “nadie puede llamarse siervo del Señor
hasta haber sufrido tentaciones”.
“Hermanos alados”. La alegría fue el
más exquisito don del Señor a Francisco. Iluminaba todo su ser, y confortaba
con su resplandor a quienes lo rodeaban. Frecuentemente se echaba a cantar,
improvisando letra y tonada.
Su
amor a la naturaleza lo abarcaba todo. Piedras, árboles, flores, el viento, el
Sol, la Luna :
todos eran “hermanos y hermanas” a quienes amar y honrar. ¿No los había hecho
Dios? Se le vio recoger tiernamente un gusano para que no fuera alguien a
pisarlo. Durante uno de sus viajes por Umbría descubrió un grupo de palomas,
cuervos y grajos, y les predicó su célebre e inspirado Sermón a las aves.
“Hermanos míos alados”, los exhortó, “debéis albar grandemente a vuestro
Creador, pues Él os dio plumas para vestiros y alas para volar, y todo lo demás
que necesitáis. Él os ha hecho nobles entre todas las criaturas, y os ha
permitido morar en el aire puro…”
Entre
quienes más admiraban a Francisco estaba Clara, bella muchacha de 18 años, hija
de un conde. Tras oírle predicar, resolvió reunirse con él en la vida de
santidad. Una noche escapó del palacio de su padre y se encontró con Francisco
y los suyos ante el altar de Santa María de los Ángeles, cerca de Asís. Allí el
santo le cortó el cabello y le dio el áspero hábito de monja. Así nacieron, en
1212, las monjas franciscanas, conocidas como las “Clarisas Pobres”, por el
nombre de su fundadora.
Las cinco llagas. A
través de los siglos nos llegan otros rasgos de la vida de Francisco : ya en
Boloña, ya visitando la corte papal en Roma, ora predicando por el sur de
Italia. Luego la escena cambia a La
Verna , montaña situada a 80 kilómetros de
Florencia, donde en 1224 Francisco se construyó una choza de ramas al lado de
una arroyo. Desde que el Crucificado le pidió reparar su iglesia, él sentía una
gran afinidad con el “pobre Jesús”. Quiso de entonces en adelante compartir con
mayor intensidad los sufrimientos de Jesucristo.
Una
madrugada, mientras estaba de rodillas, extasiado en sus plegarias, vio en el
cielo una aparición que se le acercó rápidamente. Llevaba un crucifijo
trasportado por las alas de fuego de seis serafines. Estupefacto, Francisco
sintió a la vez alegría y terror. Al levantarse vio que sus manos y pies estaban
atravesados como por unos clavos. En el costado derecho tenía abierta una
herida sangrante y dolorosa. Estaba marcado con las cinco llagas de Jesucristo,
los estigmas, en recuerdo de los cuatro clavos con que Jesús fue clavado en la
cruz y de la herida abierta cuando “uno de los soldados le dio una lanzada en
el costado”.
No
hay duda de que aparecieron los cinco estigmas en el cuerpo de Francisco. Hasta
sus biógrafos protestantes lo aceptan como un hecho. Tomás de Celano, quien lo
conoció bien y escribió su primera biografía, asegura que cuando menos dos
frailes vieron los estigmas en vida del Poverello.
Después de su muerte más de 50 testigos los tocaron. ¿Fueron un milagroso don
del cielo?
Millones de cristianos están convencidos de ello. Ente quienes niegan su
carácter sobrenatural, pocos aseguran que el santo se los infligiera a sí
mismo. Los peritos especialistas médicos señalan la gran sensibilidad de
Francisco, que podría explicar los estigmas como síntoma sicosomático.
En
1226, aunque no había cumplido 45 años, Francisco era un hombre agotado. La
mala alimentación, las largas vigilias y la continua exposición a los elementos
lo habían dejado exhausto. Se hallaba cerca del convento de San Damián,
dirigido por Clara, cuando el peso de todos sus males le convenció de que ya no
podría llegar más lejos. Clara le preparó una choza de juncos en el viñedo
cercano. Aunque la primavera ya podía sentirse en el aire, por una vez resultó
difícil mostrarse alegre. En su congoja llamó a Dios, y Dios le aseguró que
tenía para él un lugar en su reino. Al despertar, fresco y sonriente, Francisco
llamó a quienes le rodeaban y les ofreció el fruto de aquella larga noche de
pena y redención : el Cántico del hermano
Sol, uno de los primeros poemas no escritos en latín, sino en lengua
vernácula nacida de él, que exalta un universo donde todas las criaturas, con
su simple existencia, alban al Señor.
Francisco murió el 3 de octubre de 1226 y fue enterrado en la iglesita
de San Jorge, en Asís. Pero pronto se hicieron planes para levantarle un
monumento más digno de él. Se construyó una espléndida basílica, que después
decoró con frescos el Giotto, el más excelso pintor medieval de Italia. A su
cripta trasladaron el cuerpo de Francisco en 1230. Desde entonces cientos de
personas acudieron cada día a orar ante el sencillo sarcófago de piedra.
Menos
de de dos años después de su muerte Francisco fue canonizado por el papa
Gregorio IX. Para entonces su Orden era incontenible : en menos de de 20 años
había aumentado de 12 a
20.000 hermanos, y se estableció en toda la cristiandad, con avanzadas en
tierras paganas. Gracias a la callada dedicación de los franciscanos, el
cristianismo volvió a ser una religión del pueblo.
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