jueves, 1 de octubre de 2015

"LAS HISTORIAS DE MI INFANCIA": LA CASA POSEÍDA / Alejandro PEREDA y Javier CALDERÓN


(Es muy conveniente precisar en un largo paréntesis lo que puede estar flotando en aquellas leyendas y aún mitos, fenómenos paranormales con aire de misterio y temor en cada región. No son pocas las viviendas en las que se escuchan ruidos extraños, se mueven los muebles; esto se debe, según los expertos, a que dentro de ellas habita un espíritu, puede ser el de un familiar que murió recientemente, o algún espíritu que quedó encerrado mucho tiempo atrás; es parte de la cultura andina y urbana; los componentes de la familia arrastran este bagaje con un conocimiento aún superficial.

   Una de las leyendas más conocidas y tal vez la más antigua, por ejemplo, es la historia de la Casa Matusita de Lima, que hasta el día de hoy produce en la sociedad capitalina más de un testimonio de temor sobre su presencia. Se ha dicho de todo, que penan, que allí se cometieron crueles asesinatos y que las voces de ultratumba todavía se pueden escuchar por las noches en medio de apariciones. El hombre de televisión Humberto Vílchez Vera quiso descubrir el secreto y después del sétimo día fue a parar a un nosocomio. No se han profundizado los estudios. Que sí o que no existen. En todo caso, algo es lo que llevamos sin descubrirlo).

   La estrella fulgurante por el áureo pueblo (Salpo) rodeaba las ventanas de la casa, mi aposento; las avecillas se sumergían de felicidad y gloria al saber que la madre naturaleza les seguiría alimentando y protegiendo con un cielo armonioso de color añil celeste, refrescante brisa llena de esperanza que a su vez es seductora y atrayente.


   Mi casa tenía un patio espacioso con bloques de piedra decantados en la parte superior para lograr el nivel de un buen piso; era precedido de un corral chico que servía al resguardo de las acémilas de los litigantes forasteros que se acercaban a mi padre reclamando “justicia”. Tenía dos entradas: una al juzgado y otra a la cocina que a su vez servía de pasadizo a los cuartos interiores y al corral propiamente dicho. En la parte interna tenía dos niveles; el acceso de comunicación al segundo era una escalera de adobe de doble tramo por la cual se ascendía y descendía en cualquier momento sin derroche de energía y sin fatiga. Al segundo piso se le llamaba “terrado”. Era el depósito de las provisiones de tubérculos, cereales, hortalizas, productos para abastecer cómodamente un año hasta la siguiente cosecha. Eran, pues, dos ambientes en las que se observaban orden y limpieza. Siempre escuchábamos el traqueteo de la máquina de escribir al ritmo del pensamiento de mi padre en aras de la justicia clara y oportuna por conseguir. Con sencillez puedo decir que mi casa era encantadora y acogedora; visitada por conocidos y desconocidos; lugar de encuentro y permanencia de muchas familias.

   Sin embargo, mi casa  se tornaba en sobrecogedora,  en “misteriosa”. Al caer el ocaso, la noche oscura y al apagarse la lámpara a querosene, se sumía en un silencio absoluto y se escuchaban gritos dolorosos con aire taciturno. Los búhos, lechuzas solitarias ululaban en la faz de la casa. Empezaba una atmósfera de tensión e involución. Paso a paso subía y descendía el espíritu... (?). Se paseaba por todos los ambientes manipulando los enseres, vaciando ruidosamente las papas, las ocas, ollucos del terrado; actuaba con toda libertad.

   En otras ocasiones se oían gritos dolorosos como si fueran de alguien con un insomnio febril.

   Varios pobladores contaban historias de terror en casas extrañas. En la oscuridad veían espíritus que caminaban en el aire; las mejillas se encendían, por supuesto, como también nos congelaba hasta la médula de los huesos.

   Los mensajeros del tiempo (los espíritus) condicionaban al pueblo andino que es un escarpado de cordilleras, bosques y témpanos de los cuales fluye el magnetismo positivo como también el antimonio de las profundidades de las minas.

PESADILLA MACABRA
Noche de bruma y de penumbra
Violencia mortal maldición del alma
Aire taciturno maligno y remolón
Agonizaban las tardes al caer el sol.

Gimen las aguas en el remanso
Afloran las olas en los arroyos
Ríos irascibles en los desiertos
Rayos de energía en el fragor del mar.

Refugio agitado de álgida nostalgia
Pesadilla negativa plegarias de miedo
Escenas silenciosas, vida impecable.
Voz angustiada de conciencia cósmica.

Extraño vientre que recorre las estrellas
Refleja la retina con rayos vigorosos
Delirio solitario en las tardes de ironía
Modorra de insomnio de luces del planeta.

Sombras solitarias de corriente misterio
La luz y las tinieblas se mezclan
El tiempo y la intensidad se incrementan
El destino y la desventura son un abismo.

Las nubes huyen en el infinito
El errante sombrío mora en el nimbo
Furor y miedo es el río insondable
El océano insondable es alma misteriosa.

   (Realmente no se ha hecho el seguimiento de esta creencia, pues no se le ha preguntado a don Abimael Sandoval, quien comprara la casa, si seguían los ruidos que por entonces eran muy extraños. Su testimonio sería muy valioso, pues  era “pastor evangélico”.

   Es importante conocer a qué se dedicaba la propiedad antes. Si en un lugar hubo algún homicidio, un suicidio o se cometieron injusticias puede hacer que el espíritu del causante o incluso de la víctima aún permanezca allí esperando que les cumplan un deseo o se les libere. Mis paisanos muy precavidos rezan nueve noches por el alma del difunto.

   Lo que sabemos: la casa fue heredada por Manuel Calderón Reyes a Augusto Calderón Lezama, su sobrino, hijo de Wenceslao Calderón Reyes, hermano menor. Manuel fue casado con Néstor Novoa, un matrimonio saludable, sin tener descendencia; se dedicaba a la defensoría del pueblo por su alta personalidad y buen parecer (alto y blanco). En ese ejercicio llamó y tuvo como actuario al sobrino Augusto. Manuel y Wenceslao eran hijos de Francisca Reyes, “Pancha Reyes”, a quien los amigos de Wenceslao (Venshe) la llamaban “el gobernador”, por su fuerte carácter y por el látigo /llamado gobernador /, pues cuando se reunían por la noche ella iba a recogerlo látigo en mano y muchas de las veces lo escondían en un baúl; a la negativa replicaba susurrando: “todo borracho sale a mear”, y cuando el escondido salía / era llevado a fuetazos. En otras ocasiones decía: “si los latigazos fueran dinero, el Venshe sería rico”, y esto para remarcar los dos temperamentos de los dos hermanos a quienes tenía que sostener.

    Asimismo, ella le pidió a Wenceslao la compañía de Julia, su primera nieta y primera hija respectivamente. No hay duda que sabían estrechar los lazos de sangre y convivencia.

   Otro si digo: en esa escalera mágica conocí a Melchora, subiendo al terrado y mirándome; tendría 14 años y yo 8. Ya en la casa le pregunté a la mamá: ¿Quién es una chica parecida a ti? Me respondió es Melchora, hermana de tu tía Tránsito. Con el tiempo llegué a saber que era hija del abuelo y de la señora Donatila; por lo tanto hermana también del tío Augusto). Ya van pasando las mil y una palabras…/honores al espacio!

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