martes, 21 de marzo de 2017

RABINDRANATH TAGORE


¿QUÉ misterioso don poseen los poetas, qué extraño secreto reside en sus almas, que hace que uno, al leer sus  versos, se sienta identificado plenamente, alegremente –con una  alegría íntima, total, profunda y emocionada –con  estas palabras apresadas, esa bandada de pájaros cautivos que siguen modulando, en nuestra mente oscura, lejos del país originario, lejos quizá del tiempo, su canción radiante, su mensaje de belleza?  Porque eso es lo más grande que le es dado al poeta: sobrecogernos  a distancia, en un momento dado, con una ráfaga de hermosura, con unas pocas, pequeñas palabras, tímidamente susurradas, que llevan en su encadenamiento el sello del hermoso espíritu que las inspiró. Para el que habiendo cogido un libro, lo haya abierto al azar, y se ha sentido deslumbrado por el súbito relámpago de un verso que ha saltado ante sus ojos, sabrá, ya de antiguo, que la poesía lo es todo. Ella vivifica el mundo, por obra y gracia de su amor a las cosas. Todo lo que se escapa a su rayo de ternura, está yerto, frío: no existe. Mensajeros de Dios son los poetas, y la llama que ardió un día en la tierra sobre la cabeza de los doce Apóstoles, arde oculta y perennemente en el corazón de los poetas. Aunque no siempre la poesía implique la santidad, la santidad no es posible sin poesía. Es el poeta voz de la sabiduría. ¿Qué son los tomos de filosofía sino un largo comentario razonado de las puras visiones del encendido mundo del poeta?  Las palabras del poeta, palabras nuestras de cada día, despiertan un confiado calor en nuestros corazones, y hacen evidente esa oscura confraternidad de los seres, que late por debajo de todos los odios y todas las incomprensiones. Poesía es comprensión, amor. "Quien no ama, ya está muerto”, dijo un altísimo poeta. Inversamente, quien amó una vez, no morirá nunca. Quien logró vivir, se hizo eterno para siempre. La voz del poeta mana de la eternidad.

Habla un poeta, y aunque su voz no sea la verdadera, aunque haya pasado por el cedazo de otras lenguas, algo se ha filtrado a través del tamiz, y el alma de la palabra se insinúa delicadamente en la nuestra. ¿Qué es esa encendida ráfaga de belleza? Estábamos sentados aquí, leyendo un libro, y, de pronto, todo ha cambiado. He aquí  a las cosas más bellas, más verdaderas. Un momento nos inunda una alegría íntima, confiada. No todo es fealdad, muerte. Algo vago, sin forma, pero poderosamente real y cierto, ha hablado en nuestro interior. ¿Quién hizo el milagro? En este caso, un poeta; un poeta hindú.

A través del tiempo, de la distancia, de un mosaico de fronteras, y un vallado de religiones, de costumbres distintas, de milenarios idiomas desconocidos, un hombre –un poeta—suprema sencillez- el milagro.

El libro se llama Gitanjali. El poeta…

 (Zenobia Camprubí de Jiménez, traductora)

El haber sabido llevar sin confusionismos a su obra este profundo sentimiento religioso, que refleja incluso en el amor con que elige la palabra exacta que haya de expresarlo, es, seguramente, lo que le acerca más a nuestra sensibilidad occidental.
                  
           1

FUE tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida. Tú has llevado por valles y colinas esta flautilla de caña, y has silbado en ella melodías eternamente nuevas.


Al contacto inmortal de tus manos, mi corazoncito se dilata sin fin en la alegría, y da vida a la expresión inefable.

Tu dádiva infinita sólo puedo cogerla con estas pobres manitas mías. Y pasan los siglos, y tú sigues derramando, y siempre hay en ellas sitio que llenar.


          2


CUANDO tú me mandas que cante, mi corazón parece que va a romperse de orgullo. Te miro y me echo a llorar.

Todo lo duro y agrio de mi vida se me derrite en no sé qué dulce melodía, y mi adoración tiende sus alas, alegre como un pájaro que va pasando la mar.

Sé que tú te complaces en mi canto, que sólo vengo a ti como cantor. Y con el fleco del ala inmensamente abierta de mi canto, toco tus pies, que nunca pude creer que alcanzaría.

       Y canto, y el canto me emborracha, y olvido quién soy, y te llamo amigo, a ti que eres mi Señor.

DE MI ÁLBUM


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