sábado, 1 de agosto de 2015

EL DÍA FESTIVO POR EXCELENCIA


DE: "LAS MÁS BELLAS ORACIONES DEL MUNDO"

No dejes que los sueños
de las cosas
que más quiero
me aten a la Tierra,
sino que con una visión clara,            

me enseñes a construir
este día contigo,
querido SEÑOR,
más cosas que duran
para toda la eternidad.
Afina mis oídos para escuchar
Tu mensaje, SEÑOR;
Inspira mis labios para decir
sólo Tu palabra.                               

Cubre mis ojos para
las cosas que no debo ver.
Ayúdame a dejar
en tus manos todas
mis preocupaciones.

    N.H.D. Palabras Doradas.

VENTANA AL MUNDO:
CAPRI














TODOS VIVEN ALEGRES EN CAPRI
   Por Martha Gellhorn

Capri, a la entrada del Golfo de Nápoles, es una larga roca arenisca y caliza, de figura bastante parecida a la de un 8, con una superficie de 15 kilómetros cuadrados. No es nada práctica: bañan sus orillas las aguas más azuladas del mundo, pero falta en su territorio agua potable, que hay que llevar desde tierra firme, a 600 liras la tonelada. Tiene un puerto que merece escasamente el nombre de tal.

   El blanco buque procedente de Nápoles hace sonar la sirena mientras, bailoteando sobre las olas, navega a la vista de los acantilados de Capri. Una fila de compatriotas en cuyas gorras campean nombres de hoteles aguardan frente al muelle. Contra lo acostumbrado en otras latitudes, no se abalanzan a los recién llegados como buitres. La fama de corteses de que gozan los naturales de Capri se manifiesta desde que el viajero pone el pie a la isla.

   Un aire soleado, tibio, acariciador, oloroso a jazmín y a madreselva, a gardenia y a tuberoso, a clavel y a brezo, envuelve al viajero mientras el coche rueda carretera arriba. Y ya mire hacia las cumbres, ya hacia la costa, la isla le ofrece sus flores, sus pinos aparasolados, sus quintas de colores pálidos y de jardines circuidos por altas tapias, las gigantescas peñas de sus orillas, el espejo de su mar de zafiro. Tan hermoso es el espectáculo, que más que visto parece soñado. Es evidente que en esta isla viven para gozar de las horas, y no para contarlas.

   Ataviados con trajes vistosos, los viajeros pasan el día arrellenados en los cafés de la Piazza, charlando entre sorbo y sorbo. El visitante siente en torno suyo gente risueña, el sonreír de la vida misma, algo que casi ha desaparecido hoy del mundo: la paz. Imagina que tal contento es obra de milagro, y que casi todo anda por arte de encantamiento. Sí; Capri es un milagro y está regida por el gobierno más suave de la tierra.

   Cuando el forastero les dice: “Esta tierra es la más feliz que he conocido; me encantaría quedarme aquí”, los compatriotas responden que todo el que quiera establecerse en Capri es bien recibido. Saben, empero que sólo ejerciendo un gran dominio sobre sí mismo puede el hombre vivir contento y tranquilo. Y al ver alejarse el barco en que parten los forasteros, se dice que esos visitantes van ya camino de sus hogares y que es allá donde deben labrarse su propia felicidad. Capri, la isla párvula y risueña, pertenece sólo a quienes supieron convertirla en un paraíso y seguirán queriéndola y acaso lograrán --¡quién lo sabe!—conservarla por otros 20 siglos.

La fotografía extra grande / tomada del Álbum de Alejandro Benavides Roldán.

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